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Experiencia eléctrica

Peregrinos del miedo

Por: Juan Manuel Cárdenas.

Madres que sintieron el dolor al parir a sus hijos ahora desayunan, comen y cenan angustia al saberlo muertos o desaparecidos. Padres a los que se les va la vida y lo que les queda de patrimonio en encontrar a sus hijos, ante la indiferencia de las autoridades. Hermanos y hermanas a las que les arrancaron parte de su vida; así, de tajo. En esto se han convertido los rincones de Durango: crímenes, impunidad y corrupción. Un tridente que se escurre a veces entre las sombras y a veces a plena luz del día, por calles y parajes, para alcanzar a familias enteras que quedan dañadas por un huracán de violencia que parece no tener fin.

 

 

Autoridades coludidas

No tenemos lujos, vivimos en un

fraccionamiento de clase media.

Es mi único hermano…”

Pum pum pum. Un comando tumbó las puertas de la casa de la familia Espeleta Bernal con un marro y, de pasada, convirtió su vida en una pesadilla. La noche del 22 de febrero del 2010, Francisco José se preparaba para acostarse y descansar de una larga jornada de trabajo, típica de un enfermero del IMSS. Cerca de las 23:00 horas, un comando lo sacó de su casa de Gómez Palacio. A los delincuentes poco les importó que sus dos hijos, de ocho y siete años, lloraran horrorizados por la irrupción de esas sombras con voz y poder que además de aterrar a la familia, se apropiaron de aparatos, carros, del propio Paco y de la conciencia de las víctimas, que hasta antes de que les ultrajaran su tranquilidad creían que la violencia que padece México como epidemia, nunca les alcanzaría.

Al día siguiente, los delincuentes llamaron a la familia para pedir dinero a cambio de la libertad de Paco. Pagaron el rescate, pero el hijo pródigo nunca volvió. Bastaron 48 horas para que el miedo eclosionara en coraje, humedecido por la rabia de la corrupción e impunidad de las autoridades de Durango: el 24 de febrero la familia denunció el secuestro, una patrulla llegó al domicilio para tomar datos y recabar evidencia, pero los patrulleros les dijeron que las autoridades no pueden contra un comando como el que los asaltó; al volver a la Vicefiscalía de Gómez Palacio, les confirmaron que no existía una patrulla con los números y características como la que fue a su casa. En eso estaban cuando recibieron una llamada por celular amenazándolos de muerte si se consolidaba la denuncia. Desistieron. Miedo.

“Duele más la impunidad porque confías en las autoridades y no hay quien te ayude y aparte les avisan a los delincuentes de lo que uno hace para investigar”, confiesa la hermana de Paco, para quien el dolor se multiplica al ver que su madre se asfixia en depresión y ha bajado 25 kilos de peso.

-¿Cómo se puede vivir después de algo así?

“No se puede vivir. Estas siempre con miedo, con mucho miedo. Con angustia porque no sabes dónde está, ni por qué se lo llevaron. No tenemos lujos, vivimos en un fraccionamiento de clase media. Es mi único hermano…”. Si sus lágrimas pudieran hablar, correrían por sus mejillas gritando esos mismos reclamos.

La hermana de Paco estuvo ahí cuando se lo llevaron. El momento se le tatuó en los sentidos. Mientras mira a su alrededor y gesticula con impotencia, dice que ya no hay familiar, vecino, compañero, amigo o conocido que no conozca a alguien que no haya sido víctima de la delincuencia en Durango.

El plagio fue denunciado en el Consulado norteamericano de Nueva York, así se lo recomendaron a la familia. Las historias de personas que son reclutadas a la fuerza para integrarse a las filas de la delincuencia, al estilo de una leva moderna, los hizo prevenirse de que debe quedar constancia de que fue prendido a la fuerza. Así de cruel y bizarra es la realidad de Durango, incluso afirma que en el Consulado le advirtieron que mientras en México no se renueven los mandos policíacos, la corrupción y la violencia será sopa de todos los próximos días.

A un año y medio de su secuestro, Paco Espeleta sigue desaparecido.

Tan solo de enero a mayo del 2011 se aglutinaron en los escritorios de la Fiscalía General del Estado un total de 89 denuncias por el delito de secuestro, según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública, cantidad que coloca a Durango en el segundo lugar nacional con más denuncias por este delito. Sin embargo, las cifras no son equitativas. La estadística del Poder Judicial del Estado revela que en ese mismo lapso sólo se han iniciado ocho juicios por el delito de secuestro.

Los hermanos

“Nos robaron el sueño,

nos robaron la tranquilidad.

Estamos muertos en vida”

La familia de Luis Otoniel tuvo que hacer el trabajo de la policía. Investigó durante un año su desaparición en el tramo carretero Saltillo-Paila, allá donde sólo hay tierra y matorrales. Consiguió nombres, números de teléfono y hasta direcciones de los delincuentes, los entregó a la Fiscalía General del Estado de Coahuila y a la Procuraduría General de la República (PGR) para que los aprehendieran. A casi cinco años del caso, les siguen dando plazos.

Luis Otoniel desapareció el 23 de junio del 2006 junto con tres compañeros estudiantes que viajaban de la capital de Coahuila rumbo a la ciudad de Durango.

La desgracia de la familia se repitió el 1 de abril de este año, sólo que el escenario fue distinto: la esquina del bulevar Dolores del Río y calle Nazas de la capital de Durango. Ahí, un grupo de 25 sujetos ataviados con uniformes de la Policía Estatal interceptó la camioneta en la que viajaba Abraham, hermano de Luis Otoniel, acompañado de su esposa e hijos.

“Hay mucha gente que vio. Los policías lo golpearon, lo subieron a una camioneta negra pick up y se lo llevaron”, recuerda el padre de ambos desaparecidos, cuya exaltación le pone las mejillas rojas como la sangre que le llena los ojos de coraje. El calvario empezó en la demarcación de la Policía Estatal, donde ni siquiera tenían reporte oficial de alguna detención de esas características.

Las manos del padre de Luis Otoniel y Abraham van de un lado a otro mientras recuerda su ir y venir también por diferentes instancias en busca de justicia. Desde la oficina del presidente de México, hasta las Fiscalías de Durango y Coahuila, pasando por el Senado de la República y hasta la Policía Federal. En todos lados fue la misma: promesas de ayuda. A la fecha, los resultados son los mismos: nada.

El padre de los desaparecidos es de baja estatura, barba canosa de candado, robusto y voz estridente. Para él no hay de otra: los delincuentes y los sicarios son los propios policías. Dice que esto lo comprobó el 31 de junio del 2008 cuando varias camionetas perseguían a su hermano por carretera a México, se metió a las instalaciones de la Dirección Municipal de Seguridad Pública para refugiarse y ahí desapareció. Desde entonces no sabe más de él.

“Quiero encontrar a mis hijos a como dé lugar. Quisiera tener ya la satisfacción de entregarle a Dios los cuerpos de mis hijos, porque ahorita la angustia es más grande que el dolor. Nos robaron el sueño, nos robaron la tranquilidad. Estamos muertos en vida”. Es tanto el dolor que se siente a diario, en todo lugar y a cada momento, que ya no hay miedo, sólo ganas de tener paz.

En los últimos seis años al menos 139 personas han desaparecido e Durango, de acuerdo a las estadísticas de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH). Tan solo en el 2010 hubo 35 personas desaparecidas en esta entidad. Entre enero y mayo de este año ya son 11 desaparecidos. Hay un dato poco alentador: en esos mismos seis años sólo 23 personas han sido localizadas.

El héroe

“Las cosas siguen igual.

Si denuncian, los matan”

Nuevo Ideal tiene un héroe. Silencioso, ejemplar y mártir. En eso se convirtió Leopoldo Valenzuela Escobar, quien después de peregrinar en busca de justicia por cuanta corporación existe, fue asesinado afuera de su refaccionaria. Por mucho tiempo, Don Polo fue la única voz que tuvo este municipio del centro del estado para denunciar los constantes secuestros en esa región. Entre las víctimas de los secuestradores estuvo su hijo Leopoldo, de 29 años de edad, cuyo paradero logró ubicar tres veces sin que las policías locales ni el Ejército quisieran ayudarlo.

Con la mirada hacia adelante, la frente en alto y el pecho hinchado de dignidad, los hermanos de Don Polo se sienten orgullosos del ejemplo de lucha por buscar justicia, la cual no le llega ni post mortem. La tristeza no se va, es su compañera de todos los días. Dicen que Don Polo no merecía terminar así: con cinco balazos en el cuerpo.

Nuevo Ideal está enfermo, lo contagiaron todas las víctimas de la delincuencia en ese municipio y en Durango. Está enfermo de miedo. “Por eso la gente no habla, las cosas siguen igual. Si denuncian, los matan”, dice el hermano de Don Polo.

Antes de ser asesinado, Don Polo estuvo en El Siglo de Durango. Con ojos cansados y tristes, voz desesperada, mano gruesa y temblorosa, enumeró las instituciones que visitó para denunciar el caso y la negligencia, en cópula con la colusión, de las autoridades estatales. Visitó la Fiscalía General del Estado, la Décima Zona Militar, el DIF Estatal, la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (Siedo), la Secretaría de Marina Armada de México y tocó hasta las puertas del despacho de la Presidencia de la República. Pero los malos ganaron. Nadie le hizo caso a Don Polo que ahora está muerto y su hijo sigue desaparecido.

Imaginen a un hombre que no come, no duerme, que se pasea por la casa pensando a dónde más ir a pedir que lo ayuden a encontrar a su hijo secuestrado. Imaginen a un hombre angustiado y triste por no saber de su hijo por medio año. Imaginen su desesperación y su rabia pues, sabiendo dónde se escondían los delincuentes y dónde estaba su hijo, las autoridades no quisieron ayudarlo. Cada cierto tiempo Don Polo tenía que tomar pastillas, así tuvo que ser. Así vivió sus últimos días, según recuerdan sus hermanos. Así estuvo hasta el último segundo de su vida.

Por los 567 homicidios dolosos ocurridos del 1 de enero al 31 de mayo del 2011, sólo han enjuiciado a 62personas. Además, Durango está cerca de los 700 ejecutados en medio año. Por los 260 cadáveres extraídos de las nueve fosas clandestinas descubiertas en los últimos dos meses, aún no hay detenidos. Sólo filas y filas de personas que peregrinan para encontrar a su familiar en alguno de los refrigeradores que conservan los restos.

Publicado en El Siglo de Durango

Twitter: @Juanma3009

El verde es muerte

Por: Juan M. Cárdenas.

Desde que escuchó las primeras voces y gritos entre la penumbra y el bosque, María del Carmen Ramos supo que algo malo pasaría. La certeza la alcanzó junto con los dos primeros balazos que le mordieron la carne y le tumbaron la esperanza. Corrió para esconderse y en eso le pegaron otro tiro en la pierna. Adentro de la camioneta se quedó su hermana, a quien inicialmente creyó desmayada del susto; más tarde entendería que estaba muerta.

“¡No disparen, hay niños!”, gritaron los tripulantes de esa camioneta Nitro que terminó hecha coladera. Los soldados dejaron de disparar cuando vieron a Carmen cargando a su hijo Gael de tres meses de edad, y confirmaron su error cuando cuando vieron el gran pedazo de carne colgando de la pantorilla del bebé.

 

FESTEJO Y MIEDO

Las escuelas del poblado Regocijo celebraron el lunes 4 de julio la salida de los alumnos de preescolar, primaria y secundaria; como tradicionalmente ocurre, las tres escuelas se juntaron para organizar el festival y luego siguieron las comidas que en cada casa se prepararon en honor de los graduados. Ahí estuvo María del Carmen junto con Gael, su hermana María Guadalupe Ramos Ruiz, su cuñada Rosario y dos sobrinos de 15 y dos años de edad.

Entre el aroma de guisos y la fiesta de graduación, las horas transcurrieron hasta cerca del ocaso; entonces la preocupación de las hermanas Ramos Ruiz se centró en buscar “raid” de regreso a la ciudad de Durango. Un conductor de una camioneta tipo Nitro se ofreció a traerlos a todos. Tomaron la carretera Mazatlán-Durango.

Apenas llegaron a Navíos cuando la camioneta se detuvo. Ernesto, un adolescente de 15 años de edad que acompañaba a Guadalupe y a Carmen, sus tías, bajó para orinar; la oscuridad de la noche envolvía al restaurante Los Pinos. En la carretera no había barricada ni señalamientos ni luces. Nada que indicara la presencia de militares en el sitio. En cuestión de segundos, así como suelen pasar las malditas desgracias, todo se volvió un caos.

“Tú sales por aquel lado, yo me quedo acá”, gritó alguien entre la noche. Pum pum pum. Empezaron a escucharse disparos. Hubo más gritos. Entonces el conductor de la Nitro, cuyo nombre ni siquiera se sabe, clamó a los agresores que no dispararan porque traía a mujeres y niños, como si sus palabras pudieran desviar las balas y blindar el cuerpo.

El chofer aceleró. Alguien le pidió que acelerara. Entonces las balas le destrozaron las llantas. Ahí fue cuando casi todos se bajaron para ir a esconderse entre la noche y los árboles de la Sierra Madre Occidental. La puerta del lado del copiloto no se abría, Carmen no podía abrirla; ya tenía dos balazos, en el muslo y la espalda. Al voltear a su lado izquierdo, en medio del conductor y ella, vio que su hermana Guadalupe estaba inconsciente. La movió para decirle que reaccionara, que tenían que bajar de la camioneta y esconderse. Por fin logró abrir la puerta y corrió cargando a Gael. En eso se le incrustó otro trozo de plomo en el muslo y ya no pudo correr.

Se refugió atrás de un tambo de basura y Gael soltó un llanto estridente como Carmen nunca lo había escuchado. No sabía por qué lloraba así, hasta que sintió una masa de carne sobre sus manos; al revisarlo, se percató de que otra bala dirigida a la vida del bebé le había destrozado la pantorrilla izquierda y se la dejó colgando.

Entonces Carmen fue la que pidió que ya no dispararan, que su hijo estaba herido, que había más familias. Cesaron los disparos. Al asomarse, alcanzó a distinguir cuatro mastodontes Hummers del Ejército Mexicano. Los soldados se acercaron para revisar al niño. A la distancia, Carmen distinguió a su hermana que seguía con la cabeza inclinada. En tono suplicante le pidió a los militares que despertaran a Guadalupe porque se había desmayado del susto, pero ni caso le hicieron: ya sabían que había fallecido.

Cuando los soldados se percataron del estado de salud del bebé y de Carmen, de inmediato dispusieron lo necesario para trasladarlos a la ciudad de Durango a recibir atención médica. En el trayecto siguió pidiendo a los militares que regresaran por Guadalupe, mientras se limpiaba las lágrimas confundidas con las gotas de lluvia que le cayeron junto con los disparos. El ingreso a la clínica 1 del IMSS se registró aproximadamente a las 23:30 horas.

Mientras que Carmen y Gael eran hospitalizados, Alfredo Hernández, esposo y padre de las víctimas, los esperaba en casa de uno de sus tíos en la colonia IV Centenario. Al día siguiente se irían a San José de la Vinata, poblado en el que Alfredo trabaja en un aserradero y donde Carmen es ama de casa.

 

EL LIMBO

 

El vicefiscal general del Estado, Alejandro Moreno Valadez, declaró al día siguiente a algunos medios de comunicación locales que el reporte proporcionado por la Décima Zona Militar fue de un enfrentamiento en el que Carmen, Guadalupe, Gael y sus demás acompañantes quedaron en fuego cruzado. Dijo además que hubo cinco personas detenidas y armas aseguradas.

Resaltó sobre todo que al agente del Ministerio Público se le permitió ingresar a la zona del ataque hasta las 7:00 horas del martes. La duda que agobia a los familiares de las víctimas es: ¿qué pasó desde la medianoche hasta la mañana del martes?

La pesadilla se aferró a Carmen. A pesar de que inicialmente el personal militar que acudió a revisar su estado de salud y el de Gael reconoció el error al dispararles, asegurándoles que no era la camioneta que esperaban, horas después se retractaron y sostuvieron la versión del enfrentamiento.

El nudo de la historia se armó el miércoles cuando quién sabe a qué autoridad se le ocurrió decir que Carmen tenía una orden de aprehensión, que le encontraron armas y granadas de fragmentación, que estaba en calidad de detenida y a disposición de la Procuraduría General de la República (PGR) “por delitos contra la salud”, como declaró el delegado estatal Francisco Cabrera Oliver.

La familia se dividió. Mientras Carmen se recuperaba en el IMSS acompañada de su esposo Alfredo, otros sobrinos, hermanos, padres y amigos velaban a María Guadalupe en la funeraria. Las lágrimas eran de dolor y coraje. Exigieron justicia por los heridos y por la fallecida, pero sobre todo por lo inconcebible de que les “sembraran” armas e inventaran la historia del fuego cruzado.

Ante la situación legal de Carmen, el Ejército buscó deslindarse de los gastos médicos generados por la hospitalización de madre e hijo, porque no son derechohabientes. El costo diario es de 60 mil pesos por los dos, más los gastos extras generados por material, medicinas y las operaciones necesarias.

Esta historia fue contada por el propio Alfredo Hernández, esposo de Carmen, quien a sus 17 años ya sintió el tormento de ver amenazada la vida de su pareja y el futuro de su bebé. Ayer estuvo más animado: Carmen ya no está detenida y su salud mejora. Además de que Gael se encuentra estable, aunque se espera la evolución de su pierna para saber si tendrán que hacer alguna reconstrucción.

-¿Qué sige una vez que ya no hay imputación sobre Carmen?

“Demandar a los soldados. Es lo que vamos a hacer”.

El Siglo de Durango buscó conocer la versión de la Décima Zona Militar; sin embargo, los soldados afirmaron que no se encontraba el responsable de dar la información. La Fiscalía General del Estado se deslindó del caso y la PGR se concretó a afirmar que colabora en las investigaciones.

 

Publicado en El Siglo de Durango

Twitter: @Juanma3009