41 años de la matanza de Tlatelolco

Por: Juan Manuel Cárdenas.

Publicado el viernes 2 de octubre del 2009

Hoy se cumplen 41 años de la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco; García Maquívar estuvo ahí, a pesar de que junto con miles de estudiantes protagonizó decenas de enfrentamientos contra granaderos y el Ejército Mexicano, la del 2 de octubre fue la más cruel y sanguinaria.

ERA UN MITIN MÁS Por aquel entonces García Maquívar cursaba el cuarto grado de la Escuela Superior de Medicina, desde el inicio del movimiento estudiantil había formado parte de los grupos que protestaban, primero por frenar las represiones a las manifestaciones sociales, y luego por la libertad de los presos políticos y la entrega de los cuerpos de estudiantes desaparecidos.

A pesar de haber estado en la cárcel en dos ocasiones, el Jefe de Brigadas Políticas continuó en “la lucha” en cada una de las manifestaciones que se programaron; incluyendo el mitin convocado desde días antes en la Plaza de las Tres Culturas, del cual afirma que se trataba de “uno más”.

“Mi padre es ingeniero, trabajaba en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y me dijo que en la oficina se rumoraba que esa manifestación iba a estar muy fea; me pidió que me quedara en la casa. Pero le dije: ‘yo sí voy, ya si no regreso pues ahí nos vimos y algún día me alcanzas'”. “Era tanto el gusto y la pasión por el movimiento que no llegábamos a las casas, dormíamos y comíamos en las escuelas cuidándolas de ataques de la Policía. Partimos todos en conjunto porque nada más éramos 13 de un universo de 600, los demás nos abandonaron”.

Desde las calles de la periferia había presencia de camiones del Ejército, antimotines y tanquetas; situación que se asumió como cotidiana pues los niveles de los choques entre autoridades y manifestantes eran cada vez superiores, al grado de que se hablaba de decenas de muertos.

HABÍA FAMILIAS “El mitin estaba convocado a las 4:00 de la tarde y la marcha era una hora después, llegamos cuando ya estaba el único orador que era Florencio López Ozuna; como ya había tanta gente en la plaza nos distribuimos en el Edificio Chihuahua, nos quedamos nueve pisos arriba, todos los descansos estaban abarrotados”, narró García Maquívar.

En su libro, Memorias del 68, menciona que al movimiento estudiantil se fueron sumando otros sectores sociales, entre los que se encontraban familias enteras. La tarde del 2 de octubre de 1968 no fue la excepción, “había muchos niños jugando con sus pelotas junto con sus padres, había muchas familias”.

MATANZA SIN PRECEDENTES “Estábamos en una de las partes más altas, era frecuente que volaran los helicópteros y uno de ellos tiró primero la bengala roja y luego la verde; nos llamó la atención pero en eso comenzó el tiroteo”.

Fue imposible para él definir de dónde salían los disparos, su reacción instintiva fue correr para esconderse. Junto con otros dos estudiantes y tres ancianos se refugió en un departamento en el que trabajaban dos pintores.

Las balas penetraban por las ventanas destrozando cristales y se incrustaban en las paredes, tirados pecho tierra transcurrieron cerca de tres horas. Al oscurecer comenzaron a escucharse las “botas del infierno”.

Policías y militares recorrían los pasillos de los edificios aledaños en busca de estudiantes fugitivos, llegaron al departamento donde García Maquívar estaba escondido y patearon la puerta; un anciano abrió la puerta y entonces pusieron en marcha el plan que se había preparado a consciencia desde minutos antes.

“Entraron, cortésmente nos interrogaron y nos creyeron todas las mentiras que les dijimos: que una de las muchachas era mi esposa, la otra era mi cuñada y que ahí vivíamos. Echamos las credenciales, que éramos médicos y nos agarró aquí la balacera, eran como las 9:00 de la noche, nos sacaron. En el descanso de una de las escaleras estaba el cuerpo tirado de un hombre, en medio de un charco de sangre. Los soldados y nosotros lo pasamos por encima, pero estaba vivo y la sangre aún corría. No lo olvido”.

“Nos condujeron a Paseo de la Reforma y nos dejaron ir. Cada quien habló por teléfono a su casa y a dormir”.

LOS DOS RECUERDOS Juan Ramón García Maquívar agregó que después hubo otras manifestaciones, pero prácticamente todo terminó aquel 2 de octubre en Tlatelolco; lo marcó de por vida.

“Ésa fue la mejor época de mi vida y creo que viví mi propia guerra; pero también me quedó un trauma que duró cinco años, en los que anduve de vago por varias partes de Centroamérica y de México. Me tocó ver a compañeros aplastados por tanquetas o baleados; esa visión de la muerte no se olvida”.

Enrique Mijares Verdín vivía en el edificio Aguascalientes, contiguo a la Vocacional que está prácticamente a un lado de la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco; lo cotidiano para él luego de regresar del trabajo era ver frente a su edificio los camiones urbanos incendiados por los estudiantes, como señales humeantes de sus manifestaciones.

El 2 de octubre de 1968 se encontraba en la oficina cuando ocurrieron los hechos, ya por la noche un amigo lo llamó para platicarle que cuando había intentado regresar a su departamento en el edificio Tamaulipas se topó con que el área estaba resguardada por tanquetas y soldados. Más tarde pasó por él para tratar de entrar juntos a la unidad y saber qué había ocurrido. “Fuimos en su coche a merodear por la zona, pero únicamente pudimos asomarnos por el costado de Paseo de la Reforma, los soldados nos impidieron la entrada a pesar de que les asegurábamos que vivíamos allí. El panorama era terrible, la unidad permanecía a oscuras y de cuando en cuando se escuchaban disparos y gritos. Todas las personas que de alguna manera habían presenciado los hechos, con las que en esa zona pudimos hablar esa noche, estaban en shock y sin poder reprimir el llanto relataban aspectos cruentos de una matanza despiadada”.

“Los días siguientes mientras se normalizaban las cosas en Tlatelolco, al transitar por Paseo de la Reforma rumbo a Chapultepec fue cuando experimenté una sensación que ha permanecido imborrable para mí desde entonces. La gente en los cafés, en los restaurantes de la zona, en la avenida, conversaba, reía, ajena por completo a la tragedia que se estaba desarrollando en Tlatelolco. Ese contraste de dos realidades es lo que más recuerdo de ese día. Me marcó la aparente indiferencia de unos disfrutando de su vida, mientras otros estaban enfrentados con la persecución, el cautiverio y la muerte. Lo sentía como una traición, una insensibilidad, un aislamiento, a pesar de que me daba cuenta de que esa gente tal vez no tenía siquiera noticia de lo que estaba pasando en Tlatelolco”.

Twitter: @juanma3009

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Publicado el 2 octubre, 2011 en Para la historia.... Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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